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La apatía en los campos de concentración

De antes y en los de Ahora

el ser humano experimenta a lo largo de su vida múltiples y diversos sentimientos y emociones las cuales pueden ser negativas o positivas y dependiendo de esto serán las consecuencias que tendrán en la persona que los experimenta. Cuando los sentimientos y emociones que provocan ciertas situaciones, personas o cosas ya no se producen por diversas circunstancias estamos en presencia de la apatía, la cual se define más exactamente como "El desinterés por el medio" (Diccionario enciclopédico Océano, editado 1992). Este desinterés por el entorno en el cual estamos insertos puede deberse a múltiples causas y una de ellas es el fenómeno que se produce cuando lo anormal pasa a ser normal. Esta causa es claramente explicada por el Dr. V. Frankl en su libro "El hombre en busca de sentido" donde describe sus propias experiencias dentro de un campo de concentración nazi en la época de la II Guerra Mundial. Allí describe la apatía como una fase que sufre el prisionero producto también de otro factor, aquello que denomina "muerte emocional" y que es una consecuencia de aquello que nombré hace un momento que es el paso de lo "anormal a lo normal", debido a que las atrocidades de las que fue objeto él y tantos otros prisioneros fueron tales que llegaron a formar parte de su vida dentro del mismo campo, pasando a ser cotidianas, diarias y normales. Todo esto va curtiendo al individuo en su nueva vida, por lo que todos los maltratos que caen sobre él ya no causan en su interior ninguna aflicción o revuelo emocional. De esta manera los actos que antes le provocaban impotencia, como por ejemplo, los interminables golpes hacia su persona o hacia sus compañeros, ya no pasan a ser más que una escena cotidiana frente a la cual permanecían impertérritos, sin la menor conmoción, a diferencia de los primeros días en el campo de concentración cuando afloraban todo tipo de emociones negativas como el repudio y la tristeza, entre otros, y sentimientos como la impotencia y la desesperación que les causaba el mirar hacia su entorno y no ver más que su situación de simples individuos inermes ante los abusos proveniente de los nazis, y muchas veces provenientes en mayor cantidad de aquellos prisioneros privilegiados llamados "capos", abusos que los hacían sentir más como animales que como seres humanos y que realmente los acostumbraron al maltrato. Todo esto los conducía como dice el mismo Dr. Frankle a un verdadero cese emocional (muerte emocional), un verdadero desinterés hacia el entorno.

Ahora la pregunta que surge es ¿Será beneficioso o perjudicial dicha apatía?. Como todo aquello que si se produce en exceso es perjudicial, la apatía también lo es, pero la verdad es que gracias a esa apatía el prisionero lograba construir alrededor de sí una verdadera protección frente a ese inhumano entorno del cual era parte, protección muy necesaria para poder soportar la vida dentro del campo y de esta manera hacer perdurar por más tiempo su esperanza de obtener algún día la libertad. He aquí otro aspecto importante de tratar, ya que si bien la apatía permitía al individuo sortear diversos obstáculos que se le presentaban dentro del campo, la fe y la ilusión de poder salir algún día de aquella horrorosa vida eran factores que le ayudaban aún más, pues aquel prisionero que se dejaba arrastrar por la desesperación, perdiendo las esperanzas en el futuro, estaba realmente acabado, pues el desmoronamiento de su fortaleza espiritual lo llevaban directamente al túnel de la muerte, es decir, a la pérdida de la vida, lo cual era ya lo único que podía perder dentro del campo, aparte de su dignidad.

Es de este modo como todo lo antes señalado no sólo llevaba a los individuos a caer en un agujero o vacío espiritual, sino que además en un descuido físico que se veía favorecido por las precarias condiciones que se vivían al interior del campo de concentración, y que por lo tanto, irremediablemente los conducían hacia la muerte sin haberse preguntado antes qué esperaba la vida de ellos, y cuya respuesta los hubiese salvado del torrente de desilusión por el cual eran arrastrados a un inminente precipicio. Por lo tanto, para no caer en el abismo de la muerte bastaba con responder a aquella pregunta que los llevaría a asumir su responsabilidad frente a la vida, pero con una actitud activa con la cual soportar los maltratos con la esperanza de algún día despojarse de aquella carga que significaba la opresión, es decir, encontrarse algún día con la libertad.

Campos de concentración, apatía, sufrimientos, pérdida de la dignidad, hablar de todo esto, de las experiencias que tuvieron las personas dentro de un lugar que sólo auguraba la muerte, resulta fácil cuando no se han vivido dichas experiencias, y sobre todo para nosotros que estamos a varias décadas de aquellas masacres que costaron la vida a miles de personas judías y no judías de las cuales tenemos conocimiento gracias a la información que hemos recibido de diversas fuentes. Pero nos deberíamos detener a pensar en que nosotros, el hombre actual, no está tan alejado de alguna de las experiencias que se vivieron en los campos de la muerte, nos bastaría tan sólo con formularnos preguntas como: ¿Acaso los niños maltratados no viven en un constante campo de concentración al interior de sus hogares? ¿Acaso aquellas personas que viven en la extrema pobreza no desarrollan una apatía, debido a que su inhumana calidad de vida ha pasado a ser para ellos algo normal? , o por último, aquél niño que ha hecho de la calle no sólo su refugio sino su hogar, o aquélla niña, joven , adolescente, mujer, que ha hecho de la vida un manojo de actitudes promiscuas ¿No habrán desarrollado también un desinterés frente a su entorno y un desinterés por su propia persona?. ¿Acaso es necesario ser prisionero de un campo de concentración para ser víctima de situaciones parecidas a las que una vez padecieron los prisioneros del campo Auschwitz? ¿Acaso no existen hoy en día prisioneros del mundo?. Como respuesta a estas preguntas no tenemos más que decir: " No", no es necesario haber vivido en la II Guerra mundial para ser objeto de experiencias y circunstancias como aquéllas, sobre todo cuando el conflicto se vive al interior de la familia, comenzando específicamente por aquellos niños a los cuales lentamente se les va destrozando la infancia tanto con golpes físicos como psicológicos, golpes que para cualquier infante que goza de una familia donde predomina el afecto son totalmente anormales, pero que para aquellos niños maltratados constantemente son ya normales y cotidianos. Esto último provoca que el período de la niñez ya no esté marcado por juegos sino por el continuo maltrato, el cual como a toda persona lo llevará a experimentar, en un comienzo, las dolorosas emociones emanadas luego de cada golpe, pero que irán mermando ante un abuso que se hará poco a poco normal para el niño y que lo llevará directamente a desarrollar una apatía frente a dicho maltrato, incluso el infante puede llegar a la muerte si pierde toda esperanza de liberarse de las cadenas del dolor. Por este motivo toma real importancia lo que sostienen expertos como David Isaac, profesor colaborador del Instituto de Ciencias para la Familia y autor del libro "La educación de las virtudes humanas", quien afirma una idea que se opone totalmente a todo tipo de maltrato y lo cual cobra aún mayor validez si pensamos en aquellos infantes o adolescentes que constantemente reciben fuertes críticas, retos e insultos por su forma de ser, de realizar sus labores, o más cotidiano aún, aquellos que reciben fuertes castigos por no obtener buenas calificaciones escolares. En este punto Isaac es categórico planteando que los padres no sólo deben agotar sus esfuerzos en que los niños adquieran más conocimientos, sino que también deben procurar que en el ambiente familiar los hijos puedan expresarse libremente en todos los aspectos, sin el temor a ser enjuiciados o castigados por sus acciones u opiniones. Al mismo tiempo plantea que es en la familia donde se debe rescatar o descubrir lo positivo o bueno de cada integrante, siendo necesario darle a conocer dicho descubrimiento y de esta manera aceptar al miembro por lo que es y no enjuiciarlo por lo que no es. Esto es conjuntamente con el buen ejemplo que proyecten los padres y personas cercanas, primordial para que los niños puedan adquirir virtudes que los hagan grandes personas. Por lo tanto todo tipo de maltrato va directamente en perjuicio de la salud física y mental del infante o adolescente y en consecuencia en desmedro de su futuro.

En conclusión, un niño que no vive en un ambiente familiar similar al que plantea David Isaac, y que por lo tanto es constantemente maltratado irá poco a poco asimilando los golpes ya sea de orden físico o psicológico como un aspecto normal dentro de su vida, con lo cual desarrollará una apatía que le permitirá mantener la esperanza de cambiar su situación por una mejor. En este sentido lo que menos tenemos es carencia de ejemplos, menos en el mundo actual, basta con mencionar a aquellos niños y adolescentes que pierden la ilusión de ser felices en sus hogares dejándose llevar por el espejismo producido por las prometedoras manos de la calle en busca de una mejor calidad de vida fuera del hogar que los destruye diariamente. Esto último no sólo los conduce a la vida callejera sino que en muchos casos a prostituirse para poder sobrevivir en el frío y la hambruna de la calle que cala en lo más profundo de sus sentimientos, y lo más importante marca su vida aflorando en ellos la apatía, pues pierden cualquier asco, horror, y por sobre todo, respeto por su cuerpo. Es importante hacer mención de que no sólo niños y jóvenes le han dado la mano a la promiscuidad sexual, sino que también los adultos, y probablemente todos miraron en un principio con temor, recelo y desconfianza dicha actividad, causándole todo tipo de emociones negativas como el asco hacia su cuerpo, la rabia por tener que recurrir a esos medios para sobrevivir en los campos de concentración callejeros en los que viven, y la sensación de suciedad que cae sobre sus cuerpos al tener que realizar dichas acciones promiscuas. Pero toda esa agitación emocional queda atrás cuando éstas (acciones) pasan a ser de anormales a normales, según los patrones que la sociedad en general tiene sobre la anormalidad y normalidad, pero que para los individuos que lamentablemente sobreviven de manera inhumana es vivir en una situación cotidiana, ubicando sus malas condiciones de vida dentro de lo que para ellos está en un rango de normalidad. Por lo tanto, el tener que vivir todos los días de manera inconcebible, causa en dichas personas una verdadera muerte emocional, ya que dichos individuos se han acostumbrado a la condición de prisioneros de su vida, en donde el único pan de cada día es el sobrevivir.

Finalmente toda esta reflexión anterior y la hilación de conceptos como la apatía en la actualidad, nos encaminan a una sola conclusión, y ésta es que las atrocidades de los campos de concentración nazi en la II Guerra Mundial sólo han desaparecido literalmente, pero no figurativamente, basta nada más con mirar un poco más allá de nuestras narices y nos daremos cuenta de que los problemas que aquejan al mundo lo están convirtiendo en un macro campo de concentración, donde si no nos detenemos a tiempo probablemente cada individuo desarrollará una apatía hacia su entorno, debido a que los problemas que lo han aquejado hasta el momento pueden pasar a ser totalmente cotidianos y por lo tanto normales, problemas como el SIDA, la extrema pobreza, los abusos sexuales, la violencia intrafamiliar y la promiscuidad.

¿ No deberíamos acaso escuchar las advertencias y acoger el llamado oportuno de los más sabios, de los más antiguos? . Deberíamos, sí que deberíamos, pues hemos recibido tantas y tantas advertencias sobre todo de pueblos indígenas que aman la tierra en donde viven. Tal es el caso de aquellos que nos llaman "Hermanitos menores", los indios Kogis, los cuales en 1991 (aprox.) nos abrieron por primera vez las puertas de su elevado hogar en las Sierras Nevadas Colombianas para transmitirnos con extrema urgencia un llamado de alerta, un consejo, un aviso, como nuestros "Hermanos mayores", como ellos mismos se denominan, lo cual constituye una advertencia bajada de las montañas, en la cual nos dicen explícitamente que si no nos detenemos pronto destruiremos el mundo que nos fue entregado y el cual no hemos sabido apreciar, pues lo hemos transformado de tal manera que hemos acabado con sus posesiones más simples, pero más hermosas como lo es la misma naturaleza y nuestra propia hermandad. De esto último no hay ejemplo más claro que las mismas Guerras Mundiales que no sólo asolaron nuestra majestuosa naturaleza, sino que además hicieron olvidar a los hombres su condición de hermanos y de habitantes de una misma tierra, posesión de toda la humanidad.

De esta manera el llamado ya está hecho y sólo nos queda abrir los ojos y tener cuidado, ¡Detengámonos un momento¡ y démonos cuenta de la apatía que han desarrollado personas como los niños maltratados, los individuos promiscuos y las personas extremadamente pobres, entre otros. No vaya a ser que todo lo antes nombrado se haga tan común que desarrollemos un desinterés por dichos problemas y al fin y al cabo una apatía extrema, lo cual provoque solamente que veamos años más tarde como el mundo se desmorona ante nuestros ojos, y nosotros impávidos, sin la menor conmoción. No vaya a ser que desarrollemos una extrema apatía y no reaccionemos a tiempo, perdiendo lo que nos queda de mundo, como una vez nos advirtieron los que se dicen nuestros "Hermanos mayores", los indios Kogis.

Por eso no me queda más que terminar este escrito entregando un solo consejo que no toma nada más que tiempo ¡Miremos a nuestro lado, veamos la apatía nuestra y de alrededor, pero más que eso, démonos cuenta de lo que hemos hecho con el mundo!.

Alumna: Iveliz Martel

Profesora asesora: Marina de la Barrera.

Colegio: Santa Juana de Arco de San Felipe