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EL INDIVIDUALISMO Y EL HOMBRE CONTEMPORÁNEO

El individualismo es una forma de actuar o de ser que en este momento se puede observar en todas las personas.

Mirando alrededor en cada ambiente, desde la misma familia, hasta cada una de las relaciones humanas que me rodean puedo notar una característica común.

¿Por qué el individualismo?

Las personas nos encontramos siempre en búsqueda de nuestra propia identidad, de algo que nos ‘distinga’ en cierta forma de los que nos rodean. Ahora, para encontrarla, mucha gente se encierra en sí mismo pensando solo en sus cosas. No se dan cuenta que para encontrarse así mismo hay que verse en el otro. Sin el otro nunca podríamos vernos o distinguirnos. Así como tampoco nos podríamos dar cuenta de la falta de originalidad que tenemos.

El individualismo también puede llegar a ser a veces, una forma de escape del mundo que nos rodea; la persona se centra en sí misma y trata de no ver a su alrededor. Termina en un ciclo vicioso, en el cual no deja de hacer sus ‘tareas cotidianas o laborales’.

Las personas tratan que por medio de su individualismo, parezcan ‘originales’.

Al referirnos a persona ‘individualista’ no se refiere necesariamente a una persona que piensa solo para sí. Por lo tanto, el individualismo se puede dividir en: positivo y negativo.

Individualismo positivo: sin darse cuenta o sin quererlo, el fin de los hechos de las personas resultan positivos para ella. La diferencia con el negativo es que no usa a otra persona para lograr su fin. Tal como lo afirmaba E. Mounier "la persona sobre las necesidades materiales y sobre los mecanismos colectivos que sustentan el desarrollo, donde cada uno debe ser respetuoso con la otra persona, para esto, el hombre necesita comunicarse con otros hombres". Dice también que la persona es integración, comunicación, compromiso y donación, mientras que el individuo es dispersión, separación, evasión y egoísmo.

Individualismo negativo: generalmente siempre a sabiendas, también el fin de sus hechos le resulta positivo para ella, pero siempre trata de sobresalir sobre otra persona, dejando a la otra bajo ella.

De todos modos pienso que ese ‘individualismo’ que caracteriza y pone en cuestión cada una de las relaciones humanas y sociales, es una característica típica, sobre todo, de nuestra sociedad occidental, donde la sociedad capitalista que trajo consigo el afán del ‘tener’ por sobre el del ‘ser’, en una competitividad extrema que amenaza constantemente todas las relaciones, tiende a afirmar el primar del ‘individuo’ por sobre la ‘colectividad’, de lo ‘mío’ por sobre lo ‘nuestro’, del ‘bien privado’ por sobre el ‘bien común’, del individuo por sobre y separado del conjunto que lo rodea y del cual inseparablemente es parte.

Vivimos en una sociedad, la nuestra, de ‘mercado’ y de ‘mercado libre’, de demanda y oferta, donde todo, incluso las relaciones humanas se han transformado en un tener, poseer, gozar y botar: es este él ‘toma y bota’ bien simbolizado por la bebida más típica de nuestra sociedad capitalista que además representa ese estilo de vida liviano que propina nuestra sociedad: la Coca Cola.

Así se viven muchas veces las relaciones, siempre centradas en uno mismo, siempre condicionadas a uno mismo y a su utilidad. El ‘Otro’ es visto casi siempre como una amenaza real al ‘Yo’, como alguien que me limita, me coarta, me condiciona, exige algo que me pertenece, requiere mi atención, reclama su existencia y el reconocimiento de sus derechos y espacios. El ‘otro’ significa en definitiva una amenaza, a veces la muerte de mi identidad, de mi personalidad: siempre pienso afirmar mi personalidad sobre los demás, casi en contraposición a los demás, siempre en comparación con los demás.

En realidad nuestra sociedad occidental, de origen religioso judeocristiano y filosófico grecolatino, puso, a diferencia de otras sociedades, cada vez mayor énfasis sobre el valor de la ‘Persona’ ("a imagen Suya Dios nos creó"): es así como en nuestra sociedad anduvo con el tiempo madurando por su lado la conciencia de los valores de la dignidad humana, de los derechos del hombre, del niño, de la mujer, de la persona en general, de la ecología, del medio ambiente, de la justicia social, de la justa distribución de los bienes, de la importancia de las ciencias y la tecnología, dejando todo un desarrollo tecnológico e industrial más que en otras culturas.

Muchas revoluciones científicas, culturales y sociales encuentran su una en las ideas cristianas y en el valor primario que el cristianismo atribuye al hombre, al individuo, casi sagrado, llevando el mismo individuo al nivel del mismo Dios.

Revoluciones sociales como la Revolución Francesa, que proclamaba como principios fundamentales la igualdad, la fraternidad y la libertad, están aún hoy, a mi parecer, en la base de las sociedades que de esas revoluciones tuvieron su inspiración: la sociedad marxista-comunista (Marx, de origen judío, soñaba con una sociedad donde el proletariado tendría que haber encontrado una forma de vivir paradisíaca casi confundiendo la llegada de la dictadura del proletariado con la misma llegada del Mesías), sociedad este que se demostró extremadamente inhumana eliminando toda libertad individual a favor del supuesto bien común, y la sociedad capitalista que sacrifica cada vez más el bien común y los más mínimos derechos de las más pobres privilegiando el interés del individuo y del más poderoso sobre los demás.

Las dos sociedades, en realidad, demuestran ser dos herejías del corazón de la fe cristiana: el misterio de Dios como Trinidad. En éste, por un lado, se acentúa la vida comunitaria sobre el individuo, y, por otro, el individuo sobre el bien común. Eso porque no se comprendió en su profundidad el misterio central del cristianismo que nos propone la fe en un Dios, revelado a nosotros por Jesús Cristo, que es sustancialmente Amor. Por ser Amor es Uno y Trino al mismo tiempo: Uno porque es Amor, y Trino porque exactamente siendo ‘Amor’ no puede sino ser ‘Relación’ (Comunión como diría Mounier). Solo el amor hace de Tres Personas distintas Un solo Dios: solo el amor puede hacer de distintas personas y distintas realidades una sola realidad, una y distinta porque el mismo amor lleva a distinguir de sí mismo el otro haciendo entrega a él de su misma identidad.

Dios (Amor) es Trinidad y Unidad a la vez porque ‘Amor’ es a su vez el Amante (el Padre), el Amado (el Hijo, Jesús), el Amor (el Espíritu Santo) entre Padre e Hijo. El Padre se ‘pierde’ en el Hijo, versa todo su ser (Amor) dando vida al Hijo y el Hijo se entrega al Padre enteramente; vive por ÉL y ese recíproco amor es el Espíritu Santo; por eso se dice que Dios es ‘puro espíritu’, un Nada y un Todo que sólo es Amor.

Interesante me parece que en las últimas teorías científicas sobre el origen del mundo ya no se habla más como antes de la teoría del Big Bang, sino más bien de un Nada en el cual de un cierto punto ‘madura’ la vida.

En ese misterio de la fe cristiana se nos hace evidente que el individuo encuentre su realización solamente en el hacer entrega total de sí mismo al otro de todo su ser, y recibe así del otro a cambio su individualidad potenciada y realizada. Buscando la realización del otro encuentro la mía, buscando solamente mi propia realización por sobre los demás simplemente encuentro mi muerte y me veo cada vez más envuelto en una profunda crisis existencial perdiendo cada vez más el sentido profundo de mi vida.

El exacerbado individualismo característico de nuestra sociedad conlleva una cada vez más profunda falta de sentido de la vida, cada vez más evidente, sobre todo en nuestro mundo juvenil.

En realidad pienso que de por sí nuestra existencia individual no tiene algún sentido, sino que lo tiene solamente en relación a los demás. Ciertamente cada uno de nosotros viene a este mundo como un don hacia estos y en la medida que encuentra una forma de entrega, encuentra también un sentido a su existencia. Es en el don que cada uno de nosotros hace de sí mismo a los demás que evidencia sus potencialidades, dones y capacidades u encuentra su realización integral como ‘ persona’.

Si me pongo en una lógica de amor, puedo entender que mientras más me entrego a los demás, más afirmo mi personalidad; que mientras más doy (amo), más tengo (amor); mientras más me anulo a mi mismo amando, más en realidad me ‘afirmo’ a mi mismo como persona, imagen real de aquel Dios – Amor, manifestando mi madurez completa como individuo, persona y ser social.

De hecho todo individualismo que nace del egoísmo se transforma en una real y concreta destrucción del individuo, mientras que todo individualismo (personalismo) que nace como negación de sí mismo a favor de otro se transforma de hecho en la más plena realización del individuo en todos sus aspectos: personalidad, integridad, libertad, potencialidades.

Lo que aparece como positivo en nuestra sociedad de los consumos, en realidad termina siendo negativo, y lo que aparentemente viene rechazado por ser negativo es la única forma positiva de una auténtica realización individual.

Todos los ‘-ismos’ (consumismo, capitalismo, comunismo, individualismo, etc.) en realidad son exageraciones de un aspecto particular de la vida humana y siempre, sea individual o socialmente, buscamos esa madures individual y/o social que seguramente se encuentra en el equilibrio entre los distintos aspectos aparentemente opuestos entre ellos. En definitiva, la madurez individual y social corresponde siempre a la unidad entre los opuestos en nuestras vidas tanto individuales como sociales.

El individualismo se refleja en sus lados positivos y negativos en los diferentes aspectos de la vida del hombre contemporáneo:

En realidad es un hecho que siempre se alternan períodos históricos en los cuales se privilegia el individuo por sobre la comunidad, pensamientos y tensiones que se reflejan en distintas formas de propuestas políticas, filosóficas, etc. Pero cada una de ellas lleva dentro parte de esa verdad: es el individuo como persona que vale por sobre la colectividad, pero no se es persona sino solo con los demás.

Aparentemente siempre hay oposición entre individuo y comunidad, entre intereses particulares, individuales y colectivos, hasta que se llegue, individual y socialmente, a esa madurez de entender que la vida normal social e individual es aquella que vive n la dinámica y dialéctica de la unidad y la distinción: afirmo mi ‘mí mismo’ buscando el bien de los demás; busco el bien común valorizando y distinguiendo las particularidades y las diversidades; es un juego trinitario que se refleja en cada relación a todo nivel que se puede manifestar como conflicto o como normal dialéctica de crecimiento y desarrollo personal y social si se entiende que en la base de cada relación tiene que haber ese amor que, buscando el bien del otro, obtiene en cambio el mayor bien propio.

‘Individuo’, etimológicamente, significa indiviso, no – dividido.

La persona que realmente llega a ser un ‘individuo’ es por lo tanto aquella persona que logra esa unidad interior, de pensamiento y de vida, que se refleja cada vez más en su visión del mundo y del universo como una unidad y que logra conjugar bien común con bien individual, distinción con unidad, tener con aportar.

Interesante es ver como subrayando ‘individualismo’ en contraposición al ‘bien común’ o a los demás (dividiendo en la práctica, separando el ‘yo’ del ‘otro’), solo se obtiene una persona ‘dividida’ en sí misma y por eso no satisfecha, en conflicto consigo misma y con los demás y creadora de permanentes conflictos. El ‘individualismo’ es por lo tanto la negación, de hecho, del individuo, de la persona.

Simoné Malacchini Soto.

Profesor asesor: Angel Moreno

Scuola Italiana "Vittorio Montiglio"